El Zurriburri

"La revista digital del Manrique cultural"

Zurriburri Nº 0104. Eco y Narciso.

 (viernes 17 de febrero de 2023)

Allá donde yacen los cuerpos más célebres, allí estará el mío. Allá donde danzan las mentes más pecadoras, allá estará la mía. Allá donde se exhiban los rostros más hermosos, allí sonreirá el mío… Sin embargo, mi alma, la faceta más oscura de un hombre como yo, permanecerá en un ser tan refulgente como lo es una blanca flor de narciso adyacente a un río, meciéndose al son de la brisa.

Bajo la luz de la vida, yo era bello cual un beso de Afrodita: mi cabello era café, cejas pobladas perfectas coronaban mi faz, poseía una mirada penetrante que cortaba limpiamente los reflejos del alma, trajes impolutos cubrían mi cuerpo todos los días y, para colmo, no era ni más ni menos que el escritor más egregio de Francia, Jonquille Moreau. Estaba, sencillamente, bendecido por las más bellas deidades; hermoso, sin esfuerzo, para cualquiera que posara su mirada en mí. Mas solo supe de mi infinita belleza natural al morir, por desgracia; pues, durante la vida, debía cumplir una promesa familiar de un peso titánico: no mirarme al espejo.

Nicolas Poussin Eco e Narciso ca

Eco y Narciso (Nicolas Poussin, (ca. 1629-1630) Museo del Louvre, París). (Imagen con licencia Wikimedia Commons)

Desde muy joven, tanto niñas, niños, mujeres y hombres me han amado con una pasión intensa como un flechazo de Cupido. Mis mayordomos adoraban estudiar el diligente baile de mis dedos sobre el teclado del ordenador, escribiendo relatos de amor idílico, como de costumbre, y las limpiadoras veneraban mi expresión concentrada y mi labio inferior mordido, o tarareando una melodía de Lana Del Rey, quizás. Yo me limitaba a sonreír para mis adentros, observando de reojo, ameno, la imagen. No obstante, había una mujer perteneciente al personal de limpiadoras en la que no podía evitar reparar: siempre que cruzábamos miradas, ella la sostenía cuando yo apartaba la vista, algo que ninguna mujer había sido capaz de hacer al posar mis ojos en ellas. Me divertía cruzarme de vez en cuando con ella e investigar acerca de su identidad: se denominaba Écho, Écho Vasileiou. Ojos avellana, pelo infestado de vulgares tirabuzones de un matiz rubio sucio, labios finos, algo alta. Bajo mi parecer, no era bella, o mejor dicho, no alcanzaba para nada mi hermosura. No merecía mi atención… ¿O eso pensaba?

Al cabo de unos meses, nuestros cruces en los pasillos acrecentaron, casi como si ella me buscara. Esto me molestaba. La incomodidad que me causaba la constante sospecha de que aquella limpiadora me siguiera la pista me condujo a prestar algo más de atención en su presencia, tratando de exponer a Écho rehaciendo mis pasos detrás de mí.

Comencé a llevar auriculares cada vez que deambulaba por los extensos pasillos de la mansión, cantando susurrando, como si escuchara música a través de los cascos, mas, por supuesto, estaban apagados. La necia joven, al primer día de probar mi método, se permitió el lujo de andar de una manera descaradamente ruidosa detrás de mí, a la distancia. Me causaba semejante rechazo y pena que, de súbito, giré sobre mis talones deshaciéndome de los auriculares a su vez, anhelando ver su expresión de oprobio. Ella quedó petrificada: al otro lado del pasillo, aprecié sus uñas hundirse en la piel de sus palmas, su pecho bajar y subir cada vez con más velocidad al son de su respiración agitada, sus rodillas tambalear.  Fruncí el ceño.

- ¿Y bien? ¿No vas a decir nada?- rugí, obteniendo una mirada sobresaltada por su parte-- Ya sé que me persigues, por dios.

Mis palabras hicieron eco en el silencio. Atisbé un destello en sus ojos,  precedido por lágrimas que por sus mejillas resbalaban cual la más pura lluvia. Con un suave gesto, sacó de sus bolsillos un lindo papel plegado, como si lo tuviese preparado desde hace siglos, y paulatinamente lo desdobló, extendió el brazo y exhibió su contenido con una mueca de apocamiento. En bella caligrafía cursiva y en tinta roja como la rosa más joven de un jardín, estaba escrito: «Jonquille, te quiero”. Su cuello se tensó.

Sonreí. Honestamente, no era novedad una confesión de amor hacia mí. ¿Qué le hacía pensar que ella era dispar? No pude evitar romper a reír a carcajadas. Era divertido.

- ¡Qué tonta! - voceé-. Otra vez eco.

Realmente, Écho era patética por completo, tanto que casi me provocaba angustia. Seguí carcajeándome, escuchando sus sollozos a la distancia. No tardó en marcharse corriendo. Proseguí con mi día, con la conciencia tan limpia que asustaría hasta al alma más pecadora.

Mis problemas, no obstante, comenzaron a florecer unos meses después de dicho suceso. Todas las mujeres de la casa me preguntaban diariamente la misma cuestión: «¿Ha dormido usted bien, Jonquille?». Desconcertado, asentía con extrañeza, e inquiría por qué decían aquello. Siempre eran las mismas réplicas: «No sé, le veo algo… ¿mustio?», «Bueno… Tal vez, de ese modo, debería prestarte alguna crema antiedad, si usted gusta.», «¡Vaya!, pues tiene usted cara de cadáver, por dios; descanse un rato, todavía es pronto». Aquello me sacaba de quicio, me perturbaba, pues no bastaba con despedir a las mujeres que decían esto, ya que era un hecho que la gente me veía… Viejo. Y si hay una fuerza capaz de arrebatar hasta el más precioso encanto de un ser, aquella fuerza es el tiempo. No podía permitirme marchitar.

El desasosiego y estado de intranquilidad que mi carácter perfeccionista me llevó a sentir me obligó a, rápidamente, pagar una auténtica fortuna para deshacerme de esas marcas de edad que resaltaban las mujeres. Una vez en la clínica, bajo las frías luces que ambientaban la situación, recuerdo la expresión de mezcolanza del enfermero al informarle sobre mis deseos de quitarme aquellos rasgos. Él se obstinaba en que en mi rostro no existían semejantes marcas, mas yo no escuchaba. Necesitaba ser hermoso. Y así, se adentraron en la operación, perdiendo yo la conciencia bajo efectos de la anestesia.

Desperté en cuestión de 1 día, con la faz cubierta de vendajes amarillentos y mi cuerpo en descanso sobre una dura cama blanca. Pasó un mes con tardanza, hasta que finalmente se me permitió ver mi rostro. Deduje que se trataba de una mujer, por la fragancia que se hacía paso hasta mi nariz, la que se encargaba de liberarme del vendaje. Lo hacía con un cuidado tan sedante que no pude evitar cerrar los ojos con deleite mientras llevaba a cabo la acción como una madre amorosa. La mujer tocó suavemente mi hombro dos veces, gesto que me hizo saber que podía abrir los ojos.

Me entumeció de semejante modo lo que vi que sentí mi corazón volcar. Un espejo justo frente a mi rostro.

Mas, curiosamente, no fue el hecho de que supiera que había roto la mayor promesa de mi núcleo familiar: fue el reflejo que vi en la superficie del espejo lo que me condenó y me volvió completamente demente: mis facciones, que se dejaban adivinar a pesar de los pliegues de piel cosidos, habían sido sin duda bellas, mas ahora estaban cubiertas de piel amoratada. Mi mirada, perspicaz y profunda, se hallaba oculta a causa de unos párpados hinchados y pieles de sospechoso aspecto en las ojeras. No era capaz siquiera de derramar una lágrima. Todo atisbo de encanto había sido crudamente derrochado.

Miré a la derecha para ver a una joven alta, rubia y de cabello rizado abandonar la habitación. Écho… Había logrado vengarse.

Miré hacia la izquierda. Una ventana con verdes cortinas cubriéndola… Y una mesa con artilugios clínicos. Un bisturí fulgente como diamante atrajo mi atención.

Extendí el brazo, temblando, y lo tomé, reuniendo toda la fuerza posible para sostenerlo. Lo giré entre mis dedos con curiosidad y dirigí una rauda mirada a mi brazo.

Suspiré hondo, sintiendo mi cuello tensarse y el sudor pegando mi cabello a mi frente. Tragué saliva.

Despacio, conduje el bisturí verticalmente a través del antebrazo. Sentí la luz atenuarse paulatinamente, apreté los párpados en un patético intento de ahuyentar el malestar e incorporé la cabeza para observar la sangre teñir la cama y el suelo de un rojo hermoso como vino. Entonces, la vi.

Écho, mirándome desde el umbral de la puerta. La pasión, la rabia, la intensidad y la furia que había en sus pupilas mientras admiraba mi muerte lenta era simplemente indescriptible: la misma mirada que yo tenía, el día en que reparé en su presencia. Apreté mis labios formando sonrisa y abracé la muerte negra.

Muero feliz, pues mi vida es patéticamente irracional sin mi hermosura. Muero feliz, pues el corte que me dio muerte fue en el brazo, y no en el pecho. De tal modo, mi corazón seguirá latiendo cual la más hermosa melodía. Mi corazón será el único cuerpo físico que seguirá siendo todo lo bello que yo ya no soy.

Autor: Adrien Rosique Irnán, alumno de 4º de ESO del I.E.S. Jorge Manrique. Fue galardonado con el primer premio en el Concurso Literario 2021-22 (en la categoría 3º y 4º ESO), organizado por el Departamento de Lengua y Literatura.

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