El Zurriburri

"La revista digital del Manrique cultural"

Zurriburri Nº 0040. El día que salga el sol por el Oeste.

(miércoles 6 de mayo de 2020)

El ruido de las olas, la calma, el horizonte, el futuro, lo desconocido ante mis ojos. No podía dejar de pensar en quiénes éramos cuando nos fuimos y quiénes seríamos al volver.

Estaba amaneciendo, un momento en el que el mar y el cielo parecían juntarse. Los rayos de sol me daban poco a poco en la cara; sentía su agradable calor. Respiraba porque sólo en ese momento me sentía libre.

Hacía ya 22 días que habíamos partido desde Palos de Moguer para dirigirnos a América. El Coronel Riego había conseguido que triunfara su pronunciamiento en Cabezas de San Juan y el nuevo gobierno liberal estaba desesperado por conseguir dinero para así reforzar el ejército de los liberales y poder hacer frente a los absolutistas, buscando garantizar un gobierno estable para España. Fue este motivo por el que nos encontrábamos aquel día en ese barco. Mi marido, Miguel González, reconocido profesor de la Universidad de Salamanca, había oído testimonios de los hombres que habían regresado de las Américas. Eran muchos los que hablaban de la existencia de un bosque, la gran Amazonía peruana, que escondía un río lleno de oro, la fuente de la riqueza; pero este lugar guardaba un misterio. Todos los que se habían metido en sus aguas nunca llegaron a salir de ellas. Maravillado por esta historia empezó a investigar y a diseñar en su cabeza una expedición para descubrirlo. Estaba tan seguro de poder hacerlo que, tras un par de años, se decidió a tratar de llevarlo a cabo. Utilizó su posición y reconocimiento social para hacer llegar su proyecto a oídos del nuevo gobierno que, no teniendo nada que perder y mucho que ganar, autorizó la expedición. Nos proporcionaron un barco y una pequeña tripulación compuesta en su mayoría por mercenarios, ex convictos o traidores. Sin embargo, Miguel logró establecer una serie de condiciones a nuestro favor para garantizar nuestra seguridad durante el viaje: tuvo el derecho de seleccionar a cinco miembros para acompañarle. Una de ellos fui yo, por su puesto, su mujer, Lucía. Ambos compartíamos el mismo afán aventurero y nos movían las mismas inquietudes. También vinieron: George, un amigo suyo, investigador y profesor en Cambridge, al que le fascinaba nuestra lengua y se había trasladado a España para estudiarla en profundidad, una vez finalizó la invasión francesa, y así se hizo íntimo de mi marido; los hermanos Ramírez, dos generales del ejército a quienes teníamos en gran estima; y el capitán del barco Lucas Fernández, un experto navegante. Además, se acordó que el 10% de las riquezas que trajésemos serían repartidas entre nosotros. Aunque en realidad es lo que menos nos importaba. Tanto a mi marido como a mí nos movía el deseo de descubrir, no estábamos cegados por la codicia.

De esta manera iniciamos nuestro viaje. Un viaje largo que no estuvo exento de fuertes tormentas, peleas entre los miembros de la tripulación, discusiones y otras complicaciones. Pero finalmente atracamos en Venezuela el 30 de marzo de 1821.

Al bajar del navío no podía creer que hubiésemos llegado a otro continente, un país sin lugar a dudas exótico y diferente. Nos recogió nada más atracar en el puerto un hombre de tez oscura y nos sacó rápidamente de allí. En el camino, todos quedamos asombrados por el paisaje, pero yo me detuve a mirar al hombre, su aspecto. Sus manos estaban sucias, con cortes, las uñas completamente negras, su barba totalmente descuidada. Trataba de buscar su mirada, pero él en ningún momento me miró. Tras un breve camino llegamos a una imponente casa. Nos abrió un hombre alto y esbelto, Andrés de la Cruz, gobernador de la zona, que nos recibió con un muy buen humor. Antes de entrar en la casa, me giré para despedirme del hombre que nos había traído, pero ya se había marchado. Parecía estar acostumbrado a que no le viesen y por eso se había acostumbrado a no ver a los demás. Creo que jamás olvidaré la expresión de su rostro, esa desgana, o incluso desprecio que parecía sentir al mirarnos.

Una vez estuvimos dentro de la casa los criados nos llevaron hasta nuestros cuartos, subimos por una imponente escalera. Estaba impresionada por la majestuosidad de la casa. Tuvimos algo de tiempo para descansar después de un viaje tan largo y nos reunimos todos juntos a la hora de la cena. Andrés nos habló de la crítica situación en la que se encontraba el continente, animados por la experiencia norteamericana, habían estallado numerosas insurrecciones revolucionarias que reclamaban la independencia y una de las más fuertes había tenido lugar en Venezuela, encabezada por un criollo, Simón Bolívar. Por este motivo el ambiente social era muy conflictivo. Nos advirtió de que debíamos tener mucho cuidado en nuestro camino hasta la Amazonía peruana.

Al día siguiente, iniciamos nuestro nuevo viaje, acompañados por dos nativos que conocían el territorio. Tuvimos suerte y el viaje estuvo exento de conflictos y problemas hasta que, por fin, ante nuestros ojos estaba nuestro destino.

Creo que no soy capaz de describir con palabras cómo era aquello: estábamos rodeados de árboles, eran tan altos que tapaban el sol; la humedad creaba un calor pegajoso que se te pegaba al cuerpo, convirtiéndonos a todos en un baño de sudor; en el suelo había plantas y arbustos, flores de colores intensos y también hierbas con distintos olores; por no hablar de los animales, arañas de un tamaño aterrador, serpientes y lagartijas. Los nativos se marcharon antes de adentrarnos mucho en aquella selva; nos llamaron locos y nos aseguraron que no encontraríamos absolutamente nada. Después de que se marcharan, Miguel me dijo:

-Nos dicen que no continuemos porque saben que el río existe y no quieren que les quitemos su riqueza.

Yo me sorprendí ante esta declaración:

-Pero esa no es nuestra intención, los dos sabemos que nuestra única motivación es el afán aventurero.

No me contestó, siguió caminando en silencio.

Andamos sin saber muy bien a dónde nos dirigíamos y, al caer la noche, decidimos parar en el camino para descansar.

Pasaron los días y no encontrábamos nada; la comida empezaba a escasear, nos estábamos quedando sin agua, no encontrábamos ningún río. Los ánimos empezaban a caldearse cuando decidimos volver a parar para descansar.

-Vamos a morir -dijo George mirando fijamente al suelo. Tenía las rodillas encogidas, rodeadas por sus manos y la cabeza enterrada entre ellas; estaba apoyado en el tronco de un árbol.

-No sea agorero, si Miguel nos ha traído hasta aquí es porque sabe cómo llegar -contestó esperanzado uno de los hermanos Ramírez.

Miré a Miguel, pero ver la expresión de su rostro me preocupó enormemente. Él estaba tan perdido como todos los demás.

-Bobadas, jamás debimos abandonar la patria -replicó el capitán.

El otro de los hermanos Ramírez salió en defensa de su hermano y se enzarzaron en una discusión, otra vez. Harta de escuchar lo mismo durante tantos días decidí levantarme y empecé a caminar. Ni siquiera se dieron cuenta de que ya no estaba allí sentada. Di un par de pasos por el sendero, pero entonces me pareció oír algo. Los gritos de mis acompañantes me impedían escuchar con claridad. Cansada de sus vociferaciones grité:

-¡Basta! -quedaron perplejos, y se callaron en ese mismo instante- ¡Escuchad!

El sonido que había oído no era una imaginación, era el sonido del agua corriendo.

-¡Seguidme! – grité, decidida a averiguar de dónde provenía por lo que salí del sendero y comencé a correr hacia abajo, entre las plantas y los árboles.

A medida que descendía el sonido se volvía más intenso, parecía que cada vez estaba más cerca; entonces tropecé y me caí. Rodé hacia abajo. Cuando me levanté vi ante mí una nube de vapor; los demás, detrás de mí, estaban boquiabiertos.

Antes de que pudiéramos reaccionar, nos vimos rodeados por un grupo de indígenas, vestidos únicamente con un taparrabos. El torso de su cuerpo estaba desnudo y pintado con rayas rojas, al igual que se cara y su pelo larguísimo, trenzado y adornado con plumas. Iban armados con lanzas. Aunque intentamos defendernos, nos cogieron y nos ataron a un árbol. Nos llevaron hasta un poblado, donde intuí que vivían. Todos nos miraban perplejos. Nos rodeaban. Sinceramente, en aquel momento pensé que todo había terminado, que era nuestra hora. De repente, todos se hicieron a un lado y dejaron pasar a un anciano, de baja estatura, pintado y vestido como todos los demás, pero en su cabeza llevaba una corona de plumas y en el cuello muchos collares. Se paró enfrente de nosotros y comenzó a hablar:

-¿De dónde venís?

Todos nos quedamos perplejos: ¿Cómo un hombre de una tribu perdida en la Amazonia conocía nuestro idioma? Ninguno contestaba, así que decidí tomar la iniciativa:

-De España.

El anciano me miró a los ojos, yo le aguanté la mirada, entonces, hizo un gesto a los otros para que nos desataran, e indico que le siguiéramos. Nos llevaron hasta su tienda y nos sentamos en el suelo formando un círculo. El hombre comenzó a hablar:

-¿Qué hacéis aquí? 

-Hemos venido en una expedición en busca de un río de oro.

Miguel me fulminó con la mirada ante mi respuesta; parecía que había cometido un error al decir la verdad.

El anciano comenzó a reírse a carcajadas. Le dijo algo a sus compañeros en otra lengua y comenzaron a reírse todos. Se levantó y nos dijo:

-Seguidme.

Nos levantamos y, escoltados, le seguimos. Fuimos hasta el lugar del que emanaba el vapor. El sonido del agua era muy fuerte. El anciano se giró para mirarnos:

-Este es el río del oro que buscabais -hizo una pausa-; el río Atahualpa, nombre que recibe en honor al último soberano Inca. Los conquistadores que llegaron a verlo, creyendo que bajo del vapor se encontraba el oro saltaron a sus aguas y nunca salieron.

Miguel estaba eufórico:

-¡Lo sabía! ¡Sabía que era real!

Pero el anciano le hizo callar:

-Déjame terminar. Nunca salieron porque es un río hirviente.

Todos empalidecieron. Habíamos realizado aquel viaje tan largo persiguiendo algo que ni siquiera era real.

Regresamos al poblado, en silencio, nadie habló durante horas. Aquella noche, la tribu hizo un baile en nuestro honor, cantaban cánticos y hacían rituales en una lengua que me era imposible entender. Harta de que mis compañeros no dijeran nada, decidí entablar una conversación con el anciano; tenía un millón de preguntas y necesitaba respuestas:

-Disculpe, ¿cómo puede hablar nuestro idioma?

Parecía extrañado por mi pregunta, pero me contestó al segundo:

-Cuando Pizarro inició la Conquista del Perú, nuestros antepasados sufrieron al ver que sus modos de vida cambiaban. Por ello, hace varias generaciones, uno de nuestros antepasados cogió a su familia y decidió abandonar su tierra y adentrarse en la Amazonía, para no poder ser encontrados. Desde ese momento, se decidió que sólo el chamán de cada generación conocería la lengua del pueblo español y únicamente se la enseñaría a su sucesor, para defender a los suyos en caso de estar amenazados por las acciones de la Conquista. Al resto de la tribu se la sigue educando con la misma lengua que existía aquí antes de vuestra llegada.

Estaba admirada ante esta historia:

-¿Chamán? ¿Qué significa esa palabra?

-Es un sabio, una persona que orienta, dirige, habla con los espíritus, sana a los enfermos.

-¿Cómo va a sanar a los enfermos si aquí no tenéis medicinas?

-Se equivoca, tenemos todo lo que necesitamos porque nos lo da la tierra. Existen plantas y frutos sanadores. Vivimos en paz con la naturaleza, la cuidamos y ella nos cuida a nosotros. Hemos visto a muchos hombres llegar hasta aquí en busca de riqueza y, sin pensarlo, les dejamos zambullirse en el agua hirviente del río.

-¿Por qué permitís que se maten?

-Para protegernos, esas personas sólo quieren oro y les da igual lo que tengan que hacer para poder conseguirlo. El único modo de preservar este lugar es evitando que nadie lo conozca.

Me paré a pensar tras esta reflexión, pero de nuevo me invadieron las dudas:

-Entonces, ¿por qué a nosotros nos habéis dicho la verdad en lugar de dejarnos saltar al agua?

Su respuesta se hizo esperar unos segundos, me agarró la mano y me miró fijamente a los ojos al contestar:

-Porque al preguntarles a todos por qué estaban aquí, ninguno me dijo la verdad. En cambio, tú hoy si la has dicho. Has confiado en mi pueblo sin conocernos, por eso yo he decidido confiar en ti.

Sus palabras me llenaron de paz.

Nos quedamos en la tribu durante un par de semanas, nos acogieron y cuidaron a todos. Interactuábamos con los miembros de la tribu, bailábamos, nos pintábamos con aquella pintura roja, me trenzaron el pelo al igual que las demás mujeres de la tribu. El chamán me enseñó el poder curativo de algunas plantas y el peligro de otras, a cazar con lanzas, a cocinar utilizando el agua hirviente del río y el fuego.

Una tarde mientras cantábamos con todos comenzó a llover, de repente. Era una lluvia intensa, jamás había visto llover con semejante fuerza. La tormenta duró aproximadamente seis días, en los que la lluvia no cesó ni por un mínimo segundo. El chamán me tranquilizó, dijo que era algo habitual; quizá durante dos meses no caía ni una sola gota de agua, pero, sin esperarlo, llegaban este tipo de tormentas que duraban varios días y llenaban los ríos para que ellos pudieran beber. El ecosistema funcionaba por sí mismo, no necesitaba de la intervención del hombre. El chamán me dijo que ellos no eran más que meros espectadores, que esperaban tranquilos a que la madre naturaleza hiciera su magia. Cuando por fin cesó la lluvia, al séptimo día, toda la tribu corrió hacia el río hirviente. Por un segundo creí que se habían vuelto locos, al ver que sin miramientos se zambullían al agua. Ante mi evidente perplejidad el chamán me explico que únicamente podían bañarse después de una fuerte tormenta como la que habíamos vivido; y me animó a hacerlo yo también. Me quité la ropa y salté con todos los demás. Fue una sensación mágica. El agua se había enfriado tras la tormenta y se agradecía el poder nadar y disfrutar del frescor que aliviaba el calor húmedo. Sentía, por primera vez, que realmente era feliz.

Habían pasado un par de días más cuando Miguel me anunció que ya era hora de regresar. Partiríamos a la mañana siguiente, al alba. Una profunda tristeza me inundó al conocer la noticia. Para refugiarme de mi pena, me dirigí a una roca para contemplar por última vez el río. El chamán me siguió y se sentó a mi lado, sin decir nada, simplemente estaba ahí conmigo. Su presencia me tranquilizaba. En el fondo de mi alma sabía que no podía regresar, me había enamorado verdaderamente de aquel lugar, de su gente, del río, de los árboles, las plantas, la sencillez de la vida, alejada de altercados y conflictividad. Un modo de vida diferente, en paz con su entorno. Sabía que había tomado una decisión, crucé una mirada con el chamán y él asintió con la cabeza; fue como si me leyera el pensamiento. Me levanté y fui a hablar con Miguel. Le expliqué cómo me sentía y no parecía entenderme. Discutimos acaloradamente durante horas, pero finalmente accedió a que siguiese mi deseo:

-Este es tu lugar, libre. Aunque me apena que sea la última vez que nos veamos, porque ¿de verdad que será la última?

Sabía la respuesta a su pregunta, pero no tenía fuerzas para contestar, se me llenaban los ojos de lágrimas. Me dolía la idea de perderle, pero estaba convencida de que ese era el lugar en el que quería estar.

-¿Volverás algún día?

Me perdí en su mirada durante un par de segundos, conseguí esbozar una media sonrisa al mirarle, y contesté:

-El día que salga el sol por el oeste.

Autora: Paula Gómez, alumna de 2º de Bachillerato B. Ha sido galardonada con el segundo premio en el Concurso Literario 2019-20, modalidad de Bachillerato, organizado por el Departamento de Lengua y Literatura.

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