El Zurriburri

"La revista digital del Manrique cultural"

Zurriburri Nº 0038. Silencio.

(lunes 4 de mayo de 2020)

Como todas las tardes, antes de que el Sol se pusiera, todos los animales del bosque corrían al árbol del

señor Búho. Nadie sabía cuántos años tenía pues, desde siempre, todo el bosque hablaba de las historias

del señor Búho a la caída del Sol.

Cuando ya estaban todos sentados comenzó a contar la historia:

— Hace ya mucho, mucho tiempo hubo una pandemia que aconteció a los humanos: fue un gran

desastre para todos ellos. El Mundo se paró. Todos esos hombres acostumbrados a ir de acá para

allá, sin mirar a ningún lado, sin verse entre ellos, tuvieron que esconderse en sus madrigueras y,

por fin, empezaron a pensar. Dejaron de pensar en sí mismos y se pararon a pensar en los demás y

en lo que les rodeaba.

De todos ellos, solo unos pocos tuvieron que enfrentarse al virus que los mataba, cuidando de

aquellos que se infectaban. Para darse ánimo, todos se asomaban desde sus madrigueras a la

misma hora, a las ocho de la tarde, para aplaudir. La Tierra estaba en silencio y solo se oía el sonido

de sus manos.

Así pasaron muchos días y, entonces, empezaron a entender lo que durante tanto tiempo habían

hecho mal.

Empezaron a levantarse y el aire que respiraban era mucho más puro, los aviones no volaban, no

había coches por las ciudades, las fábricas que contaminaban pararon su actividad. Las emisiones

de gases habían parado y con ello, el efecto invernadero.

Una preciosa ciudad, Venecia, inmersa en medio de canales, pudo ver cómo sus aguas se volvían

cristalinas, azules y verdes, a ellas volvían los peces y las algas, regresaban los cisnes. Pudieron ver

cómo la vida animal regresaba a sus ciudades por la ausencia de turistas.

Por fin, pudieron comprobar que el comportamiento incorrecto de las personas traía grandes

desastres, incluso, la salud de todos ellos la podían proteger defendiendo la naturaleza.

Todos los animales empezaron a aplaudir y dar “vivas”, porque habían pasado hoy un poco de miedo con

esa terrible historia.

Entonces, la ardilla preguntó:

— Señor Búho, señor Búho… ¿Y cómo les va ahora a los hombres?

— Querida ardilla, el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra.

Y se encontraba igual desde hacía unos días. Después de la hora de almorzar, se agitaba como si ella hubiese perdido el control y el cielo comenzó a llenarse de nubes grisáceas que tapaban los cálidos rayos del Sol. Yo, al ser la más pequeña, preferían que no hiciera el turno de vigilancia de día, por lo que me solía tocar hacer los turnos de noche. Como siempre tuve curiosidad por saber cuál era el lugar al que mi hermano huía, antes de que nos lo contara, le estuve vigilando muy de cerca. Tanto, que creía saber el camino que realizaba. Una noche en el que todo estaba muy tranquilo me volvió a picar la curiosidad y, como si me hubiese retado a mí misma, sin pensarlo dos veces, me adentré en el bosque proyectando en mi mente la imagen que había visto tantas veces de Sebastián. Estaba tan concentrada que en ningún momento me volví hacia atrás. Tenía la guardia bajada. Sólo estaba pendiente del sonido de mi respiración y la sensación de mis garras rozando los árboles para dejar una marca por si no sabía volver. Más adelante empecé a escuchar la voz de mi madre cuando nos contaba las historias del abuelo y la frase “vive en un lugar maravilloso al que todos podremos ir algún día”. Me dejó paralizada. Se me entrecortó la respiración y empecé a ser consciente de lo que estaba haciendo. Para colmo, el temblor volvió. A mi alrededor los árboles comenzaron a caer. Corrí. Unas máquinas amarillas arrasaban los árboles que me servirían para volver a casa. El cuerpo me empezó a pesar. Me costaba cada vez más correr, pero la frase “vive en un lugar maravilloso al que todos podremos ir algún día” me hacía perder el ritmo y que mis patas perdieran la coordinación y mi respiración el compás. Me derrumbé y, sin apenas aliento, repetí aquella frase una y otra vez hasta que, de un abrir y cerrar de ojos, mi casa desapareció y mi cuello se encontró encadenado. En el siguiente abrir y cerrar de ojos me encontré frente a un montón de esas criaturas que destrozaron mi hogar, todos con una sonrisa en la cara, mientras miraban como un hombre con un látigo me obligaba a saltar por un aro en llamas. Se hizo el silencio en el bosque.

Autora: Raquel Shaopan, alumna de 3º ESO A. Ha obtenido accésit en el Concurso Literario 2019-20, modalidad 3º-4º ESO, organizado por el Departamento de Lengua y Literatura.

Árbol día del libro

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